El punto más lejano con el que puedo empezar a recapitular el conocimiento o desconocimiento acerca de mi familia resulta una vaga imagen de mi bisabuela materna, de nombre Enriqueta (¿se escribiría con “H” al inicio?), a la que recuerdo como si se tratara de un cuadro de Vermeer pero mediterráneo, con una luz de ventanal alumbrándola de costado y ella cortando un trozo de jamón colgado del techo, vistiendo una bata y pantuflas, seguramente enferma de algo, porque su cara de frente no la recuerdo, o a lo mejor no quería ni vernos. A lo mejor ni siquiera estaba cortando jamón. Años más tarde, supe que esa vieja tenía gangrena en una pierna y que había conseguido morir en el hospital antes de que se la amputaran. Al parecer, su necedad y su voluntad eran de acero tajante. Me pregunto si murió “por la fuerza de la integridad” o si se quitó la vida de alguna manera más drástica.