(PARÉNTESIS SOBRE LAS CUITAS DE UN HOMBRE SOCIÓPATA EN UNA CIVILIZACIÓN DEL SIMULACRO)
No me tocó otra forma de vida, nunca viví en "otros tiempos", ¿entonces por qué siento que hoy día se vive en una “cultura del simulacro”?
Lo que he leído del pasado no debería bastarme para fundamentar esta impresión de que antes había "realidades" y hoy hay "sucedáneos". Tal vez sea la actual omnipresencia de los medios de difusión lo que ahonde este malestar, este paisaje de confusion y banalidad. (Por otro lado, si crecí en esta civilización, ¿cómo advierto que hay /simulacros/?)
Mi naturaleza no es apática, indolente, pusilánime, pero a veces así reacciono ante lo que asumo como un simulacro (como he dicho, en lo que a mí respecta, todo lo social es una comedia). Alguien podrá decir que lo que pasa es que realmente soy apático y aunque hubiera nacido en la edad prehistórica sería igual... sin embargo, ¿por qué estoy tan seguro de que no sería así? Mi naturaleza es de fuerza, de dominio, incluso sádica, pero a ratos me siento como en cautiverio, en latencia, inerte, apático en esta impresión de realidad simulada, con la certeza de que en condiciones "menos democráticas, menos sensibleras y más peligrosas" la verdadera audacia tomaría de nuevo las riendas.
Tal vez estoy compartiendo el triste destino de mis congéneres en estos tiempos.
En esta época de “democracia y libertad”, los hombres –el género masculino– hemos visto mellada nuestra área natural de acción. No es un argumento sexista, ni misógino, pero en esta civilización del "simulacro", en donde la fuerza física y las demás aptitudes para enfrentar ciertas fuerzas ya no son tan necesarias, tal vez resultan más funcionales las mujeres (y hasta los gays) en la acción cotidiana, y ellas han de asumir por lo tanto los roles de mando y decisión en el futuro inmediato. Por lo pronto, los hombres (al menos a la antigua usanza) estamos entrando en una etapa de desencanto, pasividad, en un estado latente, y de seguir esta inercia estaremos como los generales retirados: añorando nuevas batallas (o inventándolas).
¿Qué le queda, pues, a nuestro género? ¿Ver futbol y esperar a que cambien los tiempos? ¿Forzar nuestra naturaleza y vivir de lleno en el simulacro?
¿Nuestra caballerosidad y paciencia tendrán un límite?
Tomando como metáfora el deporte (que de por sí es un sucedáneo), el actual signo de los tiempos se desarrolla como si, y en nombre de la democracia, se dejara jugar a las mujeres en los equipos de futbol de los hombres. ¿Qué pasaría? No es que las mujeres necesariamente fueran a jugar mal (posiblemente hasta lo hicieran “mejor” que nosotros bajo cierta perspectiva), pero simplemente NO SERÍA IGUAL. Se quiera que no, en este partido mixto se establecerían condiciones “light” (algo propio de la democracia), y muchos de nosotros ya no querríamos entrar en dicha contienda. No tendríamos ganas de SIMULAR una contienda. Y no es por misoginia (que yo adoro a las mujeres), pero muchos hombres preferiríamos hacernos discretamente a un lado, nos retiraríamos a platicar en las cantinas ante un buen vino y una sabrosa botana, y murmuraríamos sin rencor: “Que ellas se encarguen de todas las labores del mundo, que se sientan majestuosas, que lo son, y que, eso sí, no se olviden de dejarnos a nosotros la filosofía y el arte”.